¿Quién es Jacobo Celnik?

Actualizado: jul 4



Foto tomada de la revista semana


EL TRIUNFO DE LAS CAUSAS PERDIDAS

*Por Sandro Romero Rey – Texto publicado en Generación de El Colombiano. 1o de abril de 2018.


Los astronautas colombianos han sido nuestros músicos de rock. Todos a una, como los actores de teatro, los directores de cine, los estudiantes de las academias, los grafiteros suicidas o los poetas sin madrugada...

Hace poco menos de dos décadas, un periodista colombiano dijo que en Colombia no se deberían hacer esfuerzos inútiles, como abrir una carrera espacial o financiar el cine nacional. “Para qué nos metemos en algo que nos va a quedar mal” concluía, en medio de la carcajada general de su auditorio. No sé qué estará diciendo, hoy por hoy, el periodista de marras con todos los triunfos internacionales de nuestros productos audiovisuales. Pero me lo imagino. Para todo hay teorías apocalípticas.


Como para hablar del rock colombiano. Supongo que nadie debería agotar su tiempo escribiendo sobre una actividad llena de frustraciones, de artistas olvidados, de sacrificios inenarrables o de derrotas cantadas.

Sin embargo, hay tercos autores que se toman el tiempo y el rigor para descubrir unos dinosaurios sonoros que fueron mucho más importantes de lo que se pensaba y de los cuales debería hablarse mucho más que de nuestros guerrilleros, nuestros narcotraficantes, o nuestros políticos de ocasión.


No sé desde cuándo conozco al periodista e investigador Jacobo Celnik pero sí puedo estar seguro de que, desde que se apareció su figura juvenil que él insiste en envejecer sin ningún motivo, no hemos dejado de hablar de música. Sabe como nadie de rock inglés de los años sesenta, es el único que conoce de memoria la alineación integral de los Eagles, es fundamentalista e intransigente, ha tomado el té con el inventor de los Rolling Stones más veces que Keith Richards y, sobre todo, es dueño de una terquedad y una constancia que todos le envidiamos. Hace algunos años, le ayudé desde las márgenes a armar sus libros Rockestra (coescrito con Andrés Durán) y Satisfaction, donde reúne buena parte de las entrevistas que ha realizado con distintos protagonistas del rock anglosajón. Cuando publicó estos libros, no se dio por vencido y se atrevió con un pequeño volumen sobre Bob Dylan, con prólogo de la escritora Carolina Sanín.

Sin darse tregua, se dio cuenta de que libros sobre nuestros héroes musicales extranjeros ya había muchos y que se acercaba el  momento de sumergirse en lo desconocido. Y se propuso armar un volumen sobre la increíble y (no tan) triste historia del rock colombiano.

Durante meses, me contaba de sus pesquisas, en los extraños momentos en los que nos cruzábamos, qué se yo, para hablar de rock irlandés o inventarnos documentales que aún no habían sido filmados.

Por fin, una mañana tembleque me comentó que su libro se llamaría La causa nacional. Historias del rock colombiano. Yo lo aplaudí entusiasmado pero debí tomarme una de mis pastillas tranquilizantes, rezándoles a sus dioses para que le fuera bien.


Le recomendé una “s” salvadora y nada más. Jacobo Celnik se lanzó a la piscina donde habitan las pirañas de la envidia y ha salido más que triunfante. Su libro es ambicioso, exhaustivo, apasionado, intenso, pedante, tímido, inconcluso, ambicioso, frustrante, feliz. A uno le pasa de todo. Yo lo devoré de cabo a rabo y, como pocas veces, lo he vuelto a empezar. Cada cierto tiempo me dan ganas de llamar a Jacobo a regañarlo, para que se sienta inferior, para que se dé cuenta de que otros sabemos mucho más que él. Y no. No lo hago. Al contrario. Llamo a Jacobo a felicitarlo con inmensa sinceridad. No solo por el libro, por sus inmensos descubrimientos y sus aportes fundamentales al arte y a la cultura en Colombia.

Lo hago también porque el volumen de Ediciones Aguilar viene acompañado por un CD con 18 canciones que son un verdadero tesoro de nuestra historia. Y el proyecto editorial me calla sin remedio.

Para que se vayan entusiasmando, amigos, el libro se divide en nueve partes. Bueno. En realidad, en diez: Un prólogo escrito por Eduardo Arias y titulado “El rompecabezas”, donde se nos dan las primeras claves del laberinto (Eduardo, por lo demás, acaba de prologar la nueva edición del libro de Manolo Bellón sobre The Beatles; pero salgamos un rato de las autopistas de Liverpool); Segundo, un Prefacio de Celnik donde hace comparaciones arriesgadas entre el Frankenstein de The Monkees en los 60 y el nacimiento del rock and roll en Colombia. Tercero, un extenso bloque sobre lo que podríamos considerar nuestra Edad de Piedra: es decir, lo que sucedía en nuestro país entre 1958 y 1969, no solamente en el rocanrol, sino en la historia de la radio, en la disqueras y en cómo se colaron los sonidos internacionales a nuestro entorno.


Cuando el tema se consolida, nos vamos a lo que su autor llama, santanescamente, “El sacrificio del alma” y baila entre 1970 y 1979. Avanzando, avanzando, nos vamos a los dramas de la década del ochenta, no sólo en Bogotá, sino en distintas ciudades del país donde la televisión, MTV, el cine, los conciertos y la industria se encargaron de poner a hablar en español a un sonido que parecía estar condenado a otros parajes y a otros ámbitos.

Por fin, la cronología se detiene en la década del noventa, cuando la información se desborda y es muy difícil hacer un seguimiento exhaustivo de una música que ya pertenece al folklor universal.

Los tres bloques finales son para los apasionados y para los coleccionistas: una discografía (1958-1999) en la que están prácticamente todos los protagonistas de nuestra gesta electroacústica; muchos agradecimientos y, por supuesto, una responsable bibliografía para todos aquellos que necesitan ampliar el espectro. La décima sorpresa es quizás la más apasionante: el CD donde habitan Los Flippers y Columna de Fuego, Malanga y Génesis, Compañía Ilimitada y Sociedad Anónima, Hora Local y Ex – 3; Catedral y Distrito, Ultrágeno y Silvia O., Pasaporte y Estados Alterados, en fin, Iván Correa, Miguel Muñoz y Tato Lopera. Una galería de nombres que se encargan de darle un status tanto cuantitativo como cualitativo a la historia de una frustración que salió avante gracias a la terquedad de cientos de músicos anónimos y a investigadores que, como Jacobo Celnik, se encargan de dar una dignidad necesaria a lo que algunos considerarían menor cuando no es otra cosa que un triunfo de los trasnochados.


Los astronautas colombianos han sido nuestros músicos de rock. Todos a una, como los actores de teatro, los directores de cine, los estudiantes de las academias, los grafiteros suicidas o los poetas sin madrugada, se han encargado de convertir a Colombia en un país en el que, en última instancia, también es posible una sombra de la belleza, aquella que sólo se construye cuando la vida se empecina en llevarnos la contraria.


Tomado de:

https://jacocelnik.wordpress.com/2018/04/01/el-triunfo-de-las-causas-perdidas/



Jacobo Celnik

Escritor y periodista. Ha publicado los libros Rockestra (Taller de Edición Rocca, 2013), Satisfaction (Aguilar Colombia y México, 2015) y Bob Dylan. A las puertas del cielo (Libros Semana-EPM y Taller de Edición Rocca, 2017). Es Jefe del departamento de Lenguaje del Colegio Colombo Hebreo de Bogotá y docente universitario. Es conferencista de El Club El Nogal y de la Agenda Cultural del Gimnasio Moderno. Escribe habitualmente en la revista Arcadia, en la revista Hashavua y es columnista de la separata Generación del diario El Colombiano de Medellín. Fue Coordinador Cultural y Director de Relaciones Públicas del Fondo de Cultura Económica Filial Colombia y Siglo del Hombre Editores.


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