Sobre ‘La sinfónica de los Andes’ (Marta Rodríguez, 2019)

Actualizado: jul 4






MÁS ALLÁ DEL LLANTO Por Santiago Andrés Gómez Sánchez (La palomera perdida) ¿De qué vamos a hablar, de lo buena que es esta película?

¿De qué modo vamos a afirmar su bondad, por la calidad de su argumentación o por su retórica formal? En los años en que volví a la crítica, luego de abandonarla por una década para dedicarme a realizar video independiente, coseché naturalmente, o sea, con toda razón, los reproches de algunos serios colegas porque yo parecía haber delineado una plantilla para todos mis artículos sobre cine colombiano.


Cuando una película me gustaba, me planteaba el cómo motivar a la gente para que la viera, para que valorara lo mucho que yo veía en ella.

Entonces empezaba por preguntarme qué era lo “importante” de esa cinta.

En verdad, ya había notado que si una película me gusta o no es algo de poca monta, y pronto descubrí también que incluso si yo, sobria y profesionalmente, trataba de estructurar una persuasión juiciosa, distanciada del gusto y destinada a convencer al lector de que la película era aceptable o no, mi juicio y mi afán también eran de poca monta, algo muy insidioso pues en el fondo terminaba por ocultar intereses personales no tan condenables en sí mismos como por lo solapados y pretenciosos. Pero eso suele ser la crítica, o eso es.

Así, la condena que recibió el cine social durante varias décadas por su dogmatismo no era sino otro dogma que pasaba por alto facetas esenciales del fenómeno.

Se rescataba a algunas obras de Rocha y de Titón (por supuesto a Memorias del subdesarrollo [Gutiérrez Alea, 1968]), y en últimas, a las primeras cintas de Marta Rodríguez y Jorge Silva, por cualidades que estaban en alza en la bolsa de valores de la crítica, como la complejidad discursiva o el cuidado formal, pero se desestimaban otras cualidades revolucionarias de esas obras, y se decidió ignorar que la ideología era su fundamento. Por eso, a las lamentaciones divagantes de un Pino Solanas o de un Miguel Littín en los noventa era muy fácil, pero no menos ridículo, ponerlas en la misma órbita de panfletos tan lejanos para entonces como El brigadista (Octavio Cortázar, 1971), y a esta misma era hasta inevitable rechazarla de plano, sin atender a la vitalidad de sus partes iniciales, que queda en el olvido luego del delirio esquemático en que entra la cinta. Así mismo, la visión nacionalista que guió no solo al cine cubano sino a todos los realizadores latinoamericanos desde los setenta hasta mediados de los noventa, fue menospreciada como algo obsoleto. Pero ya solo estos ejemplos de que hablo: un primer momento explosivo y a veces muy experimental del llamado Nuevo Cine Latinoamericano, en el que alternaban la anarquía y la ortodoxia, luego los cines nacionalistas que buscaban establecer lazos comunitarios en la sociedad con un relato más convencional, y al fin la imposibilidad de que una ideología populista conviviera con las lógicas del mercado, en los noventa, muestran la complejidad de lo que ya desde muy temprano hombres de cine tan brillantes como Luis Ospina o Andrés Caicedo podían despachar como simple “pornomiseria” o simple “cine de ideas”.

La obra de Marta Rodríguez, en este contexto, es un ejemplo monumental de la resistencia de los realizadores audiovisuales de un cuarto mundo

La Abya Yala, madre que nos conecta con todos los continentes de la tierra en rechazo de la ideología neoliberal e incluso de los mismos presupuestos de la modernidad y del llamado progresismo de las teorías socio-políticas más avanzadas, pues tanto ese Neoliberalismo como la razón idealizada nos desvinculan de la realidad orgánica que somos más profunda y auténticamente. Es más que un cine social o latinoamericano, es un cine poético. Y hablamos de poesía en la más áspera de sus dimensiones. La racionalidad de Marta Rodríguez está vinculada con el marxismo, por supuesto, pero el que ella se apartara del Partido Comunista desde fines de los setenta, el que haya encontrado un contacto tan íntimo con las comunidades indígenas, habla de una sensibilidad que trasciende tanto las posturas de directorio como el desarrollismo patriarcal implícito en el marxismo. Si Jorge Silva tomaba muy buenas fotos, era Marta quien conversaba con la gente de sus películas, y si tú rastreas, verás que con frecuencia son las mujeres las que conducen esos relatos.

Los valores esenciales de La sinfónica de los Andes (Marta Rodríguez, 2019), o de cualquier otra película de esta directora, no son valores para muchos porque desmienten la noción convencional de calidad.

Por ejemplo, este documental sería rechazado por Netflix, pero tampoco es para el invernadero chic de los festivales. No pretendo convencer a nadie de otra cosa sino de la autonomía y el arraigo de su discurso en una visión perceptible a lo largo de todo su cine como esperanza en lo más desnudamente humano. Esos valores de la pobreza de los que también hablaba Lezama Lima, borracho de aire, son los de Marta. Que ella en el Festival de Cine de Cartagena anduviera por una semana con tres mudas de ropa escandalizaba a todos, que en lugares así somos pendientes de figurar según los patrones de la elegancia criolla. Que hablara seguido de la infamia de la guerra molestaba a un crítico que es polemista profesional pero si uno dice su nombre te llama enfermo por los altavoces, y en ágapes con admiradores este influyente sujeto proclamaba a grito herido que Marta está loca por esa fijación con la muerte. En verdad, el trasunto del cine de Marta es el trauma, pero hay quien decide cuándo incomodar es bueno y cuándo no.

Lo hermoso es que aquello que incomoda de Marta perdurará por su disciplina y demostrará, por la magia del cine, como ella dice, que es magia del soporte y del archivo, la profundidad de obras que se hicieron con el alma.

Los valores de Marta, es el momento de decirlo, son como los que nos recuerda Pablo Mora que los mamo de la Sierra Nevada le enseñan al realizador audiovisual indígena: valores que heredamos de la madre tierra y heredamos del padre sol y ante todo de los abuelos de la noche anterior al tiempo.

Si la pobreza es la única esperanza que nos puede rescatar del trauma, es porque la muerte es invencible, pero la vida también.

No pongamos a combatir a Shelley con D’Annunzio: el triunfo de la vida del primero es como el triunfo de la muerte del segundo, porque es el mundo el que no se detiene, pero Marta habla con el amor de una poesía que se oye surgir en el silencio, habla desde el cine, que es hablar desde la memoria, o es decir, desde un mundo reelaborado, o digamos, contemplado, acariciado como quieren los indígenas que sepamos acariciar a la madre, que es toda la existencia, también la luz. Por eso aquí la retórica, que es todo lo que le enseñan a los estudiantes de cine hoy en día, no sirve tanto como la actitud de escuchar. Pero hay algo sublime: esa escucha se da para otros y pasa de ser música del silencio a ser canción de eternidades. La sinfónica de los Andes, como la música de las cantaoras o los aires indígenas que Marta y Fernando y Jorge y Lucas rescataban en el pasado, es la verdadera suma de todo el cine de la Fundación Cine Documental porque esta cinta encuentra en el pequeño orbe que crea un profesor de música en medio de la guerra, todo el sentido de la vida, más allá del llanto. La frase la extraigo de la misma voz del profesor heroico cuyo esfuerzo revolucionario se deciden a realzar y recrear los guionistas Lucas Silva y Marta Rodríguez y el realizador Fernando Restrepo, todos dirigidos por ella y con la colaboración invaluable y compañía fiel e inteligente de Felipe Colmenares.



Ellos y otras más personas se han dedicado no a otra cosa sino a coronar lo que el profesor de música nos pide que tengamos en cuenta, casi sin saberlo, y es que hay una dimensión de lo conmovedor que trasciende el dolor.
El dolor, en su abismo, es un silencio festivo. Esa es la victoria de esta orquesta juvenil.

Cuando nos cuenta de la historia de Sebastián, uno de muchos niños muertos por el salvajismo de la guerra, cosa muy distinta al salvajismo del amor, que da niños, el profesor vacila, uno ve que va a llorar, pero tampoco se reprime, dice que saber lo que sucedió entonces con los padres y hermanos de Sebastián, con el hermanito que estaba por venir, es algo que estremece “más allá del llanto”. ¿Qué tipo de frase puede ser esa, sino la exaltación de la memoria como algo que también está más allá del recuerdo, algo que nos dice no y sí al mismo tiempo, una afirmación del absurdo que nos exige cantar? Esa es la respuesta que este hombre admirable, común, responsable, le da al universo, a la eternidad, recordando seres que se extinguieron por la infamia para hacernos ver mejor un sentido de la vida que no se agota en el vivir, sino en el resistir eternamente y contra toda evidencia, porque la muerte se ha tomado al universo nuestro, o se lo ha querido tomar. Contra esto, el hermano de Sebastián, ya grande, comienza a puntear la guitarra y a cantarle a su querido hermanito ido, que todo lo acompaña, que en todo está. Mirar de frente a la muerte, llorar y cantar a la vida, es un resistir que forja eternidades. Por supuesto, Marta Rodríguez le da a su documental una visión histórica, y lo hace, como siempre, muy bien. Al llegar al neurálgico asunto de la degradación actual del pueblo indígena, los guionistas y editores hacen entrar la historia de la relación de las guerrillas con los nasa, sin ilación sino, justamente, como una irrupción. Tan pronto se habla del estado lamentable de la educación de los jóvenes, vemos de pronto el famoso momento en que el M-19 caminaba hacia su encuentro con representantes del gobierno, a mitad de los ochenta, y fue atacado por el ejército como respuesta a sus gritos de campaña. Son veinte minutos en que accedemos a material de archivo tremendo, algunas de cuyas imágenes, como la entrevista a Tirofijo, fueron filmadas por la propia Marta Rodríguez en La Uribe, pero todo es punteado por la palabra de las sabedoras, que nos explican cómo evolucionó la violencia partidista, de la que nos habla el preludio del documental, hasta la usurpación del mundo por las mafias del Neoliberalismo en medio de una barbarie inenarrable que compromete todo el tejido cultural de la nación nasa.


La reflexión sobre la violencia nos hace volver la mirada a un territorio sometido a todo tipo de vaivenes.

La estructura da paso una y otra vez a los casos de niños que fueron muertos por esta violencia, desde cualquier bando. Sus padres relatan la experiencia en diálogo abierto con la documentalista, que no oculta su voz, y todas las decisiones de registro y edición hacen énfasis en lo indecible del dolor, sin ahorrarse ningún medio con falsos escrúpulos morales para plasmar el infierno de la guerra. A la mamá de Maryi Vanesa la vemos clamar a su hija muerta por una respuesta, grabada por los mismos indígenas. Al papá de Ingrid Yaneci lo vemos confesar sin reservas su franco odio por los responsables de la muerte de su niña. Entonces la joven lideresa Isadora Cruz, bajo imágenes inteligentes de una animación que elude el morbo espectacular de la guerra mediática, llama la atención sobre cómo la guerra nos llega a hacer pensar con su propia lógica de odio y matar a nuestro hermano. Las lideresas y sabedoras de La sinfónica de los Andes nos llaman a romper lo que se ha llamado la espiral de la violencia con un regreso al “saber profundo” del pueblo nasa. La invitación es para todos, porque ese saber profundo indígena es lo que nos liga a la madre, a una condición más íntegra, antes de nuestra alienación por la razón y el dinero. Y es que la visión histórica de las ciencias sociales es miope en comparación con la idea del tiempo del saber ancestral, que precede al lenguaje y sus equívocos. Ese saber ancestral es un saber poético que nos hace levantar con esperanza en algo más que los valores tangibles de la modernidad y aun de toda experiencia sensible. El vivo corazón femenino de Marta Rodríguez está en acuerdo implícito con esa luz de los líderes y sabedoras mayores, más allá de las palabras y más allá del llanto. La resistencia consiste en “caer en la esperanza”, como dice Isadora, y en este caso, definitivamente, consiste en cantar. Recordémoslo: ¿esperanza en qué, y cantar para quién? Si la paz de Santos es vista de manera ejemplarmente crítica como una nueva avanzada del proyecto colonial extractivista, una amenaza mayor aun que la guerra porque con el dinero se va a tentar a los líderes y lideresas para que vendan el suelo de la nación nasa y se pierda todo lo que hace al territorio, su lengua, su saber, su identidad humana, la esperanza solo puede estar en la pobreza y en una vida que perdemos “más allá del llanto”, y que no se va, sino que es testimonio. Mientras existamos, incomodaremos al poder invencible de la muerte. Y al final, el triunfo será nuestro. Etiquetas #CineCine colombiano #Cine latinoamericano #CinemaColombian #CinemaLa sinfónicadelosAndes #Marta Rodríguez


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